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jueves, 6 de octubre de 2011

Gracias por todo, Steve

Fallecio el genio de Apple 

Aunque todos sabíamos que este día llegaría, no imaginamos que sería tan pronto. En palabras del mismo Steve Jobs «la muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha logrado escapar». Y aquí estamos, a horas después de su muerte sintiéndonos tristes intentando racionalizar el sentimiento porque es una persona que la gran mayoría de nosotros no conocimos, tan lejana como cualquier otra celebridad.

«El fundador de Apple», «el fundador de Pixar», «aquel que cambió la industria de la música» o «quien nos hizo ver la computación de una forma diferente», frases y adjetivos que aplican a su figura, y sí, por medio de sus productos cambió varios de nuestros hábitos del día a día. Pero es más que eso, a muchos de nosotros nos cambió, literalmente, la vida.

En los inicios de 2005 yo me sentía cansado y desperdiciado, trabajando para una pequeña compañía mexicana que en teoría se dedicaba a dar consultoría a empresas de tecnología pero que en la realidad hacía instalaciones de sistemas operativos, antivirus y Office en una o dos notarías en la ciudad de México. Era un trabajo sumamente depresivo, repetitivo y decepcionante. Dicen que uno tiene que pasar por momentos sumamente duros para entender la importancia del crecimiento profesional y probablemente ese tiempo, para mi lo fue. Especialmente si tenía en cuenta que recientemente había salido de Noiselab apostando a un proyecto pequeño pero en teoría “prometedor” y que por otro lado escribía todos los días aquí en ALT1040 y me brindaba muchísima satisfacción.

En esas épocas el cheque mensual de publicidad superaba ampliamente el sueldo de esta pequeña empresa en la que trabajaba y por la que estaba apostando. Sabía que tenía que salir, sabía que tenía que buscar algo nuevo pero yo nunca había emprendido, nunca me había atrevido a fundar una compañía propia, nunca me había planteado seriamente dejar todo y vivir del dinero generado por algo que yo mismo crearía. Sonaba imposible, o al menos bastante inalcanzable, tenía apenas 26 años y nulos conocimientos sobre la administración de empresas. Por un lado llegué al punto en que me resultaba imposible levantarme de la cama para ir a trabajar del peso de la depresión que cargaba encima, pero por otro lado no entendía o encontraba la forma de “lanzarme al vacío”.

Pero un día llegaron las palabras de Steve Jobs durante aquel famoso discurso a los graduados de la Universidad de Stanford:
Su tiempo es limitado, no lo gastes viviendo la vida de otras persona. No se dejen atrapar por el dogma que implica vivir entre los resultados de los pensamientos y creencias de otros. No permitan que el ruido del pensamiento de otras personas ahogue su voz interior. Y lo más importante: tengan el coraje de seguir su corazón y su intuición. De algún modo estos ya saben lo que ustedes quieren llegar a ser. Todo lo demás es secundario.
Palabras que me cambiaron por completo, que me hicieron entender que la gran mayoría de límites para hacer cosas son impuestos por nosotros mismos, que el 90% del trabajo para hacer lo que uno realmente quiere es tener la fuerza y sobre todo la valentía suficiente para hacerlo, y lo hice.

Seis años más tarde, aquí estoy, escribiéndole un texto dedicatorio a una de las personas responsables de cambiar mi vida, “arropado” por la compañía que fundé, Hipertextual, y que hoy me da tantas alegrías, que me ha enseñado tanto, que me ha hecho tener miles de experiencias increíbles y que acoje a un gran grupo de personas que ahora tienen un espacio para publicar sobre todo eso que los apasiona.

De Steve Jobs no aprendí acerca de cómo llevar una empresa, no me inspiré de sus modelos de negocio innovadores, del esfuerzo de sus dos compañías, Apple y Pixar, por hacer las cosas diferente. Su gran enseñanza está en la impresionante atención al detalle que tenía, de las ganas incontenibles de empujar el mundo hacia adelante, de mirar al futuro y sentirlo como el presente, de ser EL emprendedor por definición, incansable, inconmesurable, obsesionado con cambiar el mundo y hacerlo mejor.

Aunque estoy inevitablemente triste por su muerte, estoy sumamente feliz por todo lo que nos dejó. Me importa poquísimo no haberlo conocido, porque no es necesario. Tal vez en un evento sumamente irónico de la vida, hace falta su muerte para que una gran nueva generación de personas emprendedoras despierden y se decidan, de una vez por todas, a cambiar la realidad que vivimos y mejorarla.

Gracias Steve por todo lo que nos dejaste y por todo el legado que nos dejarás. Te recordaremos por siempre.

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